Hace pocos días, una de nuestras notas de opinión trató -con el aporte de numerosos ejemplos concretos- el grave problema que representa, en nuestra provincia, el pésimo estado de una gran cantidad de caminos rurales. Una temporada sostenida de lluvias como la que venimos afrontando, ha convertido en muy azaroso el tránsito por esas vías, cuando ellas no resultan francamente imposibles de utilizar, al haberse transformado en ríos.
Tal cosa ocurre porque el arreglo de esos carriles de comunicación no suele ser especialmente considerado en los planes de obras públicas, o en el programa de trabajos comunales. Dicho descuido crónico y la falta de drenajes y de desagües adecuados hace el resto, con el enorme perjuicio consiguiente para los sufridos tucumanos establecidos en esas zonas.
Poco o nada saben de esa realidad quienes viven en las ciudades. Pero se supone que, en un país bien organizado, estar afincado en las áreas rurales no puede constituir un castigo, que se manifieste en infinitas contrariedades para el normal movimiento y la comunicación. Esto, además de la obvia y vital trascendencia que tiene una adecuada vialidad, para todo lo que se refiere a la producción agrícola, en sus más diversos aspectos.
Los malos caminos desarraigan a las poblaciones de la campaña, y las mueven a trasladarse a las ciudades, cada vez más pobladas y con mayores dificultades en materia de vivienda digna y de fuentes de trabajo.
No puede aceptarse que existan escuelas donde a los alumnos y a las maestras les resulte una aventura arribar al local de las clases: según se sabe, unos 20 establecimientos escolares en el sureste quedaron aislados por la emergencia climática, y ahora se deberá esperar más tiempo hasta la reparación de los caminos. Tampoco se puede concebir que cualquier apuro de salud se convierta en una emergencia, ante la imposibilidad de la llegada de un médico, o del traslado del enfermo a un establecimiento asistencial. O que, finalmente, todo lo que constituye la vida cotidiana -el desplazamiento, el trato social- quede cancelado por la riesgosa aventura que significa salir de la casa y enfrentar una calle que no es nada más que un inmenso barrial, o un canal por donde corre libremente el agua de la lluvia o del río desbordado.
A pesar de todo eso, sabemos que una gran cantidad de tucumanos afronta el sacrificio de continuar habitando y trabajando en esos puntos a los que muy a las cansadas -y por lo general de modo incompleto- llega la acción del poder público. Sin duda esa actitud, que tiene bastante de heroico, debiera mover a las autoridades a una acción mucho más amplia y eficaz que la desarrollada hasta el presente.
Encarar y aportar soluciones a este asunto, debiera instalarse entre las prioridades de la obra pública. Hablamos de una intervención resuelta en toda la red de caminos de la provincia: intervención que vaya mucho más allá de pasar una máquina de vez en cuando, para transformase en estrategias que aseguren realmente la transitabilidad en la época de lluvias o de inundaciones. Sin duda ello habrá de significar erogaciones de importancia, pero es necesario buscar los fondos para llevarlas a cabo, dada su vasta incidencia social.
Nuestra provincia, acaso por la pequeñez de su territorio, está cruzada por caminos internos cuya existencia se halla íntimamente ligada a la vida y al trabajo cotidiano de sus habitantes. Será obra de buen gobierno tomar las providencias para que esa comunicación se opera de manera normal, sin estar permanentemente sometida a las eventualidades de la naturaleza. La libre movilidad, la educación, el trabajo y la producción, están íntimamente vinculados con el tema.